“Reportero x 1 día”: Viaje al fin del mundo

Hay gente que prefiere la suave caricia de una reposera, el cálido sol del Ecuador y aspirar una bocanada del mejor puro cubano. Pero hay otros que necesitan adrenalina, que tienen sed de aventura, quieren conocer cómo era navegar siglos atrás y ésa es la nota que publicó otro de nuestros lectores, quien se subió para trabajar en un velero antiguo navegando desde Ushuaia hasta la inhóspita Antártida. Con ustedes la crónica de: Federico Ezequiel Gargiulo, otro de los “Reporteros x 1 día”.

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Las velas inmensas y tirantes recibían el soplido constante de Eolo, y se hinchaban como grandes pulmones por una respiración profunda. En el medio de ese silencio natural, inmerso en esa escena digna de un libro de Conrad, Stevenson o Coloane, mi espíritu estaba en perfecta quietud y paz. Entonces volví con mi mente unos días atrás y sonreí al acordarme de cómo había llegado hasta ahí. Resumiendo la historia, me había embarcado en el “Europa” sólo dos días antes de su partida, después de presentarme espontáneamente ante el capitán, y manifestarle mi interés en viajar a bordo del pintoresco navío de bandera holandesa que él comandaba. Luego de una brevísima charla, los términos quedaron bien claros: no pagaría los 5500 euros que costaba la travesía por ese entonces; sin embargo, me ganaría mi boleto con el sudor de mi frente. Me pareció un precio más que razonable para acceder a conocer una de las “figuritas difíciles” en materia de viajes por el mundo, y por ello no dudé en renunciar a mi trabajo de un día para el otro.

El séptimo continente
Pasados tres días de singladuras que no llegaré a olvidar nunca, llegamos a la Antártida, el “Séptimo Continente”, como una vez definió Jacques Cousteau al continente más frío de la Tierra. En el mar navegaban a la par nuestra numerosos icebergs de dimensiones enormes y siluetas atractivas. Y entonces yo cerraba los ojos y jugaba a ser Sobral, Shackleton o Amundsen, notables exploradores antárticos.

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La mayoría de los cruceros que visitan esta maravilla natural de 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie se centran en la península Antártica y en sus islas adyacentes. Miles de turistas arriban año a año a la ciudad más austral del mundo a fin de embarcarse con rumbo a aquellos parajes soñados, debido a la cercanía de Ushuaia con el continente blanco.

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En el “Europa” viajaban cerca de cuarenta turistas y once tripulantes. Casi todos ellos, al igual que el barco, provenían de Holanda. Yo era el único sudamericano a bordo, y por supuesto, representante exclusivo de la República Argentina.

Nuestra primera visita a tierra firme se dio en un lugar llamado Hannah Point, en la Isla Livingston. Llegamos hasta allí desembarcando en pequeños botes semirrígidos que nos acercaron hasta la costa. Una vez en tierra, nos encontramos con los únicos habitantes de la isla: miles de pingüinos de barbijo y otros tantos pingüinos papúa, quienes caminaban pacíficamente en sus dominios. Desde el aire nos observaban petreles gigantes y desde el agua asomaban sus cabezas algunos elefantes marinos curiosos, quizá preguntándose la razón de esos visitantes inesperados.

Cada tanto arreciaba el viento y el capitán Klaas – un hombre de barba tupida y blanca, ojos azules como el mar y mirada larga – ordenaba desplegar las velas. Y para hacerlo, había que subirse a las vergas, esos grandes palos que se ubican transversalmente a los mástiles principales. Más de una vez tuve que ascender durante feroces borrascas a esas alturas y quedarme colgado para ocuparme de esa tarea. Confieso que al inicio esos trabajos me infundían cierto miedo, aunque con los días se tornaron emocionantes. Encaramado allí arriba, obtenía una perspectiva más global de todo: glaciares gigantescos, témpanos como navíos helados, ballenas jorobadas emergiendo del agua y un océano infinito en el que podía extraviar mi mirada sin más barreras que las que mi propia imaginación me imponía.

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Más adelante visitamos la Isla Decepción, que constituye la cima de un cráter volcánico activo, que de hecho destruyó dos antiguas bases, una chilena y la otra inglesa, en 1967. Tiene una forma casi circular, y para ingresar a su interior debimos navegar por una estrecha angostura que ostenta el sugerente nombre de “Fuelles de Neptuno”. Son unos paredones gigantes y le confieren a la entrada a la isla un aire indiscutiblemente monumental.
Dentro de ella hay dos bases científicas, una argentina y la otra española. Una vez en la costa, además de caminar un rato entre las destruidas instalaciones de antiguas plantas balleneras, nos bañamos en el gélido mar, siguiendo una especie de tradición. Debido a la naturaleza volcánica de este lugar, una pequeña franja de agua lindante a la costa está caliente. Pero apenas cruzábamos esa delgada línea, sentíamos un frío polar que nos trasladaba al invierno más helado.

Siguiendo el viaje arribamos a Port Lockroy. Allí fondeamos y el capitán nos agasajó a todos con un sabrosísimo asado en la cubierta. El frío era intenso y desde el cielo caían gordos y abundantes copos de nieve; sin embargo, altos niveles etílicos en la sangre de tripulantes y pasajeros hicieron olvidar el lugar donde estábamos, y entonces bailábamos y cantábamos al aire libre, como si estuviésemos festejando en una templada campiña inglesa.

En la Bahía Paraíso descendimos a la base argentina Almirante Brown, la que se encontraba sin personal en ese entonces. En ese lugar, Dan, el jefe de la expedición, me puso en aprietos al invitarme a deleitar a los viajeros del “Europa” con mis conocimientos sobre el audaz Almirante irlandés. En ese entonces yo no conocía nada sobre él, más allá de su procedencia y de su importante papel en la Armada Argentina, de modo que con poca información pero con gran elocuencia suavicé los efectos de una infundada ignorancia. Después de este episodio, una vez en mi hogar, compré una biografía sobre aquel irlandés de corazón argentino que tanta vergüenza me hizo sentir.

Entre el canto de la ballena, el rugido de los elefantes marinos y el zumbido de las aves cortando el viento, discurría una aventura que no quería que acabase nunca. Pero ya habían pasado más de dos semanas y el “Europa” debía regresar al puerto de Ushuaia. Me despedí en silencio de toda aquella riqueza de hielos milenarios y vida salvaje, y de los llamativos colores de ese desierto frío.

El Regreso
El Pasaje de Drake nos recibió aún peor que a la ida, y a pesar de mi estado calamitoso, supe sobrellevar el constante malestar con admirable dignidad. Atravesando fases que oscilaban entre el éxtasis, sonambulismo y despojo, quise cantarle a un albatros errante gigantesco que volaba con gallardía por la banda del navío. Pensé en recitarle la Oda a un albatros viajero de Pablo Neruda, y decirle al ave magna que hermoso eras girando apenas entre la ola y el aire, sumergiendo la punta de tu ala en el océano… En cambio, mi penosa situación sólo me permitió balbucear incoherencias. Aún así, deseé para mis adentros que en las plazas de los pueblos levanten numerosas estatuas en su honor.

Al embocar en el Canal Beagle, unos simpáticos delfines salieron a nuestro encuentro, y nos acompañaron por un rato dando saltos con aires de fiesta. Entonces los vientos redoblaron su intensidad, y con gran velocidad y sin motores, con el buque escorado sobre la superficie del agua, nos fuimos acercando a Ushuaia, la bahía que penetra hacia el poniente, según el lenguaje de los yámanas, la ciudad más austral del mundo, según el nuestro. Así, sin poder evitarlo, mi viaje llegaba a su fin, dejando una inolvidable experiencia en el arcón de mis recuerdos.

Texto: Gentileza Federico Ezequiel Gargiulo
Fotos: Gentilezas Rob Bonte/Federico E. Gargiulo/Barke Europa

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Ricardo Marengo

Periodista turístico argentino. Trabajó en las revistas: Weekend, Lugares y Buenos Aires Herald Travel Magazine. También en el suplemento Leisure & Travel del diario Buenos Aires Herald. Como representante de Seatrade Group llevó a cabo la Seatrade South America 2012. Es conductor radial y referente del mundo de los cruceros en su país. Anualmente realiza 4 cruceros o más, desde hace una década, donde no solo realiza notas a bordo, sino que también elabora (a pedido) un informe de estado y servicio para la naviera. En la actualidad está conduciendo micros televisivos ( sobre cruceros ) para la televisión argentina. Es patrón de yate vela/motor e instructor de yachting para niños. Es voluntario de la Fundación Goleta Escuela Santa María de los Buenos Ayres. Fundador de Cruises News Argentina y Noticias de Cruceros. 

  6 comments for ““Reportero x 1 día”: Viaje al fin del mundo

  1. Juliana
    22 febrero, 2010 at 12:23

    Excelente viaje y ni que hablar de la técnica narrativa, un mimo para mis ojos y mis sentidos.
    Mis mas sinceras felicitaciones por tu travesía y por la calidad del texto!…

    • 6 marzo, 2010 at 17:48

      Juliana,
      Me alegro que te haya gustado la nota, disculpá que no te respondí antes, ya que no entro todos los días a esta página que publicaron mi nota. Si querés leer alguna nota más sobre Patagonia, te invito a que visites la página web de mi editorial: http://www.sudpol.com, en la parte de prensa. Ahí subí todos los artículos que escribo regularmente para el diario local…
      Saludos!
      Federico

    • 7 marzo, 2010 at 06:41

      Ejem, podría visitarnos mas seguido no ???
      Saludos

      La Redacción

  2. 16 febrero, 2010 at 17:36

    Antonio,
    No me hicieron firmar nada, ni tengo libreta de embarco. Lo que sí era necesario, era hablar inglés, lengua que manejo.
    Saludos!
    Federico

  3. Antonio Bertarini
    16 febrero, 2010 at 16:02

    Federico: Te hicieron firmar algún tipo de contrato especial para trabajar a bordo ? Te pidieron libreta de embarco ?
    Saludos y felicitaciones

    AB

  4. José
    16 febrero, 2010 at 15:50

    Qué buen viaje !!! Felicitaciones Federico !!!

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