¡Tierra a la vista!: Las Canarias

Tras el cruce del Atlántico, el Costa Pacifica llega a las Islas Canarias, más exactamente a Santa Cruz de Tenerife.

Auditorio Santa Cruz Tenerife

Auditorio diseñado por el Arq. Calatrava en Santa Cruz de Tenerife

bordo del Costa Pacifica.- Las palabras, al igual que algunos personajes públicos, pueden llegar a tener “mala prensa” y de algunas de ellas cuelga un incómodo San Benito. No es la primera vez que se habla del tema y -en ocasión del Congreso de la Lengua celebrado años atrás en la ciudad argentina de Rosario- el recordado autor, historietista y dibujante Carlos Fontanarrosa se refirió precisamente a las “malas palabras”.  Una de estas palabras tiene su origen en la marinería y se refiere a una especie de incómodo y muy ventilado balcón o apostadero encaramado en lo alto del palo mayor de un velero. Tan incómodo era que quien tenía la misión de ser vigía (no eran tiempos de radares aún…) cumplía en general esa función como castigo por algo error cometido en cubierta. Este lugar, en el español más castizo, se definía como “carajo”, por lo cual quedó en el habla actual la expresión de enviar a alguien a un lugar muy poco deseable, incómodo y de muy baja estima. Por eso, “mandarlo a uno al carajo” no tiene las características de “mala palabra” que le suele otorgar el folclore urbano. Como decíamos, ya no hay ni carajos, ni vigías en las naves modernas, sino refinadísimos radares y tecnología de punta. De todas maneras, de haber habido alguien en el susodicho carajo, a los seis días de zarpar de Maceió habría gritado “tierra a la vista” no bien se comenzara a divisar en la lejanía el archipiélago español de las Canarias. El Costa Pacifica ingresó majestuosamente al puerto de Santa Cruz de Tenerife en un día espléndido de sol a eso de las 9:00 de la mañana. Conocíamos bien Tenerife, pero nunca habíamos tenido la suerte de llegar en un día de sol. Por eso nos felicitamos por haber elegido -de las múltiples excursiones posibles- la que probablemente sea la más extensa e interesante. Desembarcamos pronto junto con tantos otros huéspedes que se habían anotado para la excursión a las Cañadas del Teide. El Teide es un volcán majestuoso y -a la vez- el pico más elevado de toda España, insular o peninsular. En un cómodo autobús turístico atravesamos el puerto, una gran parte de la ciudad de Santa Cruz y pudimos admirar el nuevo auditorio diseñado –como el Museu do Amanha de Rio de Janeiro- por el arquitecto catalán Santiago Calatrava. Nuestro guía comentó que el auditorio -como la mayor parte de las obras firmadas por Calatrava- tuvo un costo muy superior al estimado inicialmente. Pronto empezamos a subir, subir y subir hasta acercarnos a los 3.000 metros de altura, por caminos nuevos, excelentes y óptimamente mantenidos. Es muy difícil describir esta excursión, pero quien lee puede imaginarse un paisaje por momentos “lunar”, con cráteres diseminados aquí y allá, con grandes extensiones cubiertas de toneladas y toneladas de lava negruzca o en algunos sitios parda. ¡Que diferencia con el azul del océano por el cual habíamos navegado para llegar hasta allí! Un mundo líquido, azul y en constante movimiento había sido suplantado por otro oscuro, inquietante, reseco y mineral en cuyo horizonte se destacaba imponente el volcán, con su cima cubierta todavía por la nieve del invierno. A casi 3.000 metros de altura soplaba un viento cada vez más fuerte y hacía un frío notable: ¡habíamos hecho muy bien en llevar abrigo! Paramos al pie del volcán en un parador donde disfrutamos de un muy necesario chocolate caliente para luego volver al autobús y descender por una ruta bastante tortuosa hacía Puerto de Santa Cruz, una pujante ciudad de mar y centro de veraneo donde vimos playas con arena gruesa y volcánica, casi negra. Camino al puerto hicimos una escala en un muy cuidado Jardín Botánico repleto de especies de una flora sorprendente y para nosotros muy exótica. Nos trasladamos luego a un hotel cinco estrellas donde almorzamos y, tras breve paseo por la costanera y la peatonal, volvimos al autobús que nos llevaría de regreso a Santa Cruz de Tenerife y al barco que nos esperaba amarrado en el larguísimo muelle. Años atrás habíamos tomado por nuestra cuenta un moderno tranvía con el cual habíamos alcanzado la parte alta de Santa Cruz, conocida como Laguna, un reducto colonial que surge precisamente en el primer sitio donde surgió un asentamiento español, tras derrotar al pueblo aborigen de los “guanches” que en esa isla contaba con más de un rey.  Nos hicimos a la mar cerca de las 18:30 horas y mientras Tenerife se iba perdiendo en la bruma, ocurrió algo que no imaginábamos tras un cruce atlántico que más que por un océano, nos había parecido transcurrir sobre aceite. Antes de zarpar, el Capitán Paolo Viscafé nos había alertado, explicando que enfrentaríamos un mar con fuerza 5, y ráfagas de viento de fuerza 7, medida con la escala Beaufort, que va de 1 a 10, siendo 10 sinónimo de viento huracanado. El Capitán nos había dicho la verdad, y el amigo Beaufort se encargó de corroborarla. Fue la primera vez en que, desde Buenos Aires, tuvimos la sensación de estar realmente en un barco y esa noche dormimos como angelitos, enérgicamente acunados por el mar. Cuando nos despertamos, nos dimos cuenta de que viento y oleaje nos seguirán por lo menos hasta la próxima escala en Lanzarote, otra de la Islas Canarias.

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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