Montañas del Fuego y Parque de Timanfaya

Continúa el periplo por las Canarias del Costa Pacifica, y ahora es el turno de la volcánica Isla de Lanzarote.

caravana de dromedarios

El “cabalgar” en dromedario, una de las atracciones de Lanzarote.

bordo del Costa Pacifica.- Tras una noche que, por primera vez en el crucero, nos había hecho “sentir” que estábamos navegando, amarramos a las 8:00 de la mañana en la isla de Lanzarote, en el puerto de Arrecife, su capital. Desde lejos -y desde cerca- detectamos una notable diferencia con Santa Cruz de Tenerife y con Puerto de la Cruz, donde abundan los altos edificios que han creado lo que los estadounidenses han bautizado “skyline” del estilo de Puerto Madero en Buenos Aires, donde el paisaje se ve afectado irremediablemente por el contorno de gigantescos edificios. Con la excepción de unos pocos que han escapado al rigor del código de edificación, Arrecife cuenta sólo con edificaciones de una sola planta, que en algunos casos puede llegar a dos o, como absoluto máximo, tres. Así, la pequeña ciudad conserva un aspecto de pueblo que le concede cierto encanto: casitas más bien cúbicas, todas blancas, entre las cuales se yerguen altísimas y esbeltas palmeras. Ya alertados por el día pasado en Tenerife visitando el Teide, nos arropamos convenientemente e iniciamos un largo paseo por la muy moderna marina, para llegar hasta el centro. Un ómnibus nos hubiera acercado al centro por USD 7 por cabeza, pero consideramos que una caminata de aproximadamente un kilómetro nos haría bien y empezamos a avanzar, con algo de dificultad por las ráfagas de un viento arrachado que por momentos amenazaba con hacernos perder el equilibrio. Cuando llegamos al centro nos detuvimos en un original café lleno de plantas y de atractiva decoración donde por 2,40 euros tomamos dos cafés con leche bien calientes para reconfortarnos. Redondeando, nos habíamos ahorrado 11 dólares y además habíamos hecho un buen ejercicio. Y no sólo eso: en el camino tuvimos la oportunidad de admirar el macizo castillo de San Gabriel que parece surgir del mismo mar. Como siempre lo hacemos, entramos en un supermercado ubicado sobre una peatonal y nos dedicamos a observar los precios de algunos productos que solemos comprar en Buenos Aires: tanto el valor de éstos como de los cafés con leche parecieron irrisorios: podría decirse que un 50% más baratos… Nos habían hablado con mucho énfasis de lo que podríamos visitar en Lanzarote con el tiempo a nuestra disposición, pero lamentablemente la excursión que más nos interesaba del amplio abanico propuesto por Costa se había llenado hasta el tope y no quedaban plazas disponibles. Fuimos a una parada se radiotaxis (¡qué fácil es manejarse en un país donde se habla el mismo idioma que en casa…!) y esperamos que llegara el primero, un jolgorioso Mercedes-Benz de última generación. Habíamos visto en un cartel próximo a la parada que el viaje que deseábamos hacer a las Montañas del Fuego y al Parque Nacional de Timanfaya costaba 85 euros. No nos pareció exorbitante, por más que para nosotros el euro no sea barato, e iniciamos la infaltable tratativa con Paco, el conductor. Los 85 se convirtieron en 70, y agarramos viaje. No nos arrepentimos: el auto era amplio y comodísimo, Paco un excelente volante y un locuaz e informado guía que nos llevó por excelentes caminos hasta el Parque Nacional que nos asombró por su árida y severa belleza: un mar de lava, resto de la poderosa erupción del volcán que había asolado el pueblo de Timanfaya en septiembre de 1730, ganándole terreno al mar y aumentando la superficie de la isla. Fueron 19 días de fuego y lava a 800º C que destruyeron todo vestigio de vida, vegetal y animal. Parece mentira, pero las erupciones se sucedieron por seis años más… Cuando el volcán parecía haber entrado en hibernación, otra vez empezaba a arrojar gases, humo, cenizas y lava. Un cataclismo aún mayor había creado la isla hace 25 millones de años. Paco hizo un alto para que apreciáramos el paisaje y conociéramos la Ermita de los Dolores o de la Virgen del Volcán, que es la patrona de Lanzarote. Nos enteramos también de que el nombre “Lanzarote” era el del padre de la princesa Ico, que fue luego una reina guanche. Y ya que estamos en tema de nombres y gentilicios, vale la pena decir que los nativos de Lanzarote son conocidos como “conejeros” porque en un tiempo la isla estaba infestada de estos simpáticos animalitos. Del mismo modo, a los tenerifeños se les conoce como “chachineros”, a los de La Palma como “palmeros” y a los de Fuerte Ventura, “majoreros”.  Y otra rareza que Paco compartió con nosotros. En la isla se cultiva la batata, la sandía, la uva, la banana y hace algún tiempo, la aceituna. Eso, porque el suelo de ceniza volcánica que allí conocen como “rofe” mantiene la humedad, en un clima generalmente seco y de suelos muy áridos, Mientras nos acercábamos a la entrada del parque nos encontramos con un espectáculo realmente insólito… un “aparcamiento de dromedarios”. Habria según una rápida estimación unos 150 animales, extremadamente dóciles y ensillados con una especie de aparejo que permite sentarse a dos adultos, uno a cada lado. Por las dudas los dromedarios, camélidos de una sola joroba, llevan un bozal para evitar accidentes. Nos quedamos atónitos ante el espectáculo, porque además de ser tantos, los animales estaban todos echados en fila india, mirando hacia el mismo lado, destacándose en la arenilla de lava negra con sus colores entre el beige y el avellana, con no pocos completamente blancos. Mientras estábamos sacando fotos y más fotos vimos llegar un contingente de turistas en alegre caravana de un paseo que tiene una duración de cerca de media hora. Teníamos que seguir viaje, explicó Paco, porque aún quedaba mucho que admirar en la Ruta de los Volcanes. Finalmente llegamos al Islote de Hilario, llamado así por un ermitaño que pasó allí tantísimos años y donde está ubicado el Mirador del Diablo. Tuvimos allí otras experiencias notables que podrían definirse “geotérmicas”. Desde las entrañas de la tierra, surge un intenso calor que permite vivir llamativas experiencias. Todo comenzó cuando Paco nos hizo ir hasta donde un hombre levantaba de la tierra pedregullo de lava con una palita y ofrecía su contenido a los turistas con un amable “tomad esto”. Lo tomamos y de inmediato lo dejamos caer soplándonos la mano: era como haber agarrado carbones calientes de una parrilla. El próximo experimento fue acompañar a otro grupo apostado alrededor de un profundo pozo cavado en el suelo. De pronto, un hombre tomó un pequeño fardo de lo que parecía ser paja con un largo pincho y lo tiró al pozo del cual se elevaron de inmediato altísimas llamas porque la alta temperatura había encendido la paja. Luego fue el turno de echar un balde de agua a otro pozo y ver cómo surgía de él una alta columna de vapor como un “geiser”. Lo último tuvo un toque mucho más gastronómico: en una inmensa parrilla circular colocada sobre otro pozo estaban asándose suculentas presas de pollo gracias a los gases ardientes que brotaban de abajo… Sacamos muchas fotos antes de subir a uno de los autobuses que salen cada cinco minutos para efectuar un recorrido de unos 40 por todo el parque, desde donde se aprecian extrañas formaciones de lava, campos de lava, conos de volcanes y esos paisajes “lunares” que tanto nos habían impactado cerca del Teide. Aquí también a cargo del manejo un profesional excelente, a través de un camino sin un solo tramo recto y con empinadas subidas y bajadas. Bien valió la pena el paseo, que cuesta 9 euros por cabeza y los merece sin duda alguna.

Era hora de regresar, y Paco nos acompañó hacia el puerto, dejándonos al lado de la escalerilla para subir al Costa Pacífica donde nos aguardaba un excelente y reparador almuerzo… Antes de despedirse agregó un dato al cúmulo de información que había compartido. Si hubiéramos tenido el tiempo de hacer un pequeño desvío y pasar por una localidad llamada Tías, hubiéramos podido visitar el museo que fuera la casa del premio Nobel de literatura, José Saramago. Paco, un hombre práctico, nos dijo que a su criterio habíamos hecho lo correcto: en la casa-museo sólo encontraríamos libros, y los libros se pueden comprar y leer en cualquier parte. Por el contrario, las Montañas de Fuego y esos mares de lava sólo se pueden ver en Lanzarote.

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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