Llegada a la Península Ibérica

Los viajeros finalmente pisan suelo europeo, cuando el Costa Pacifica amarra en la soleada Málaga.

malaga panorama

Vista panorámica de Málaga y su puerto.

A bordo del Costa Pacifica.- Zarpamos de Lanzarote al anochecer y bien pronto nos dimos cuenta de que disfrutaríamos de otra travesía algo “movida” porque el capitán compartió con todos nosotros -a través de los altavoces- el estado del mar y del viento que nos acompañarían en nuestro derrotero hacia la España continental. Para alcanzarla, deberíamos cruzar otro hito del viaje transatlántico, ya que pronto -durante la noche siguiente- cruzaríamos las que los antiguos definían como “las columnas de Hércules”, que hoy conocemos como Estrecho de Gibraltar, donde se unen el Océano Atlántico con el Mar Mediterráneo. Los antiguos creían que si uno se atrevía a trasponer estas ominosas columnas en dirección al Atlántico, literalmente se “caería del mapa”, ya que se creía que la Tierra era absolutamente plana y terminaba allí. Sin embargo los romanos -siempre muy prácticos- no creyeron tales leyendas y  se aventuraron mucho más allá de Gibraltar y llegaron con sus naves hasta lo que llamaron Londinium, que hoy conocemos como Londres. De todas maneras, gracias a Don Cristóbal, hoy sabemos que la Tierra es esférica y que no se corre el riesgo de caerse del mapa. Cruzamos el estrecho durante la segunda noche del trayecto, y es por eso que nos perdimos de ver de cerca el peñón que, hasta el día de hoy, crea problemas geopolíticos entre España y Reino Unido. Aún así, el nombre de Gibraltar no se lo pusieron ni los españoles ni los británicos, sino los árabes. El nombre, igual en inglés y en español (salvo por la pronunciación) honra a Tariq, quien comandó el desembarco árabe en España. Gibraltar significa “Peñón de Tariq”, que en árabe es “Gebel el Tariq”, luego “españolizado” y “anglificado” como Gibraltar. Originales, los italianos fueron por otro camino y le pusieron “Gibilterra” que vendría a ser algo así como “tierra (o comarca) del peñón”.

Era temprano de mañana cuando ingresamos al amplio puerto de Málaga, en Andalucía. Estaba fresco, pero con el pasar de las horas nos fuimos deshaciendo primero de la campera y luego del suéter. Nunca habíamos estado en Málaga y mientras observábamos las maniobras repasamos mentalmente por qué el nombre de la ciudad nos resultada tan conocido. Golosos, en primer lugar pensamos en el gusto “Málaga” que solemos elegir en las heladerías. En segundo lugar apareció la referencia musical de la famosa canción que habla de la “malagueña salerosa”, la que hace años tiene “bonitos ojos” y que todo varón que se precie “besar tus labios quisiera…”  Por último, no pudimos dejar de pensar en el gran artista malagueño cuya obra tuvo una influencia que definiría un “antes y un después” en la historia de las artes plásticas. Cuando muy joven firmaba sus obras con uno de sus apellidos: “Pablo Ruiz”. Más adelante, y ya enteramente dedicado al arte, dejó de lado su nombre de pila y empezó a usar su segundo apellido: Picasso. La visita a Málaga nos quedó demasiado corta, con todo lo que hay para ver, conocer y hacer. En el puerto nos aguardaba un querido amigo italiano que había vivido sus años mozos en la Argentina y nos hizo conocer todo lo posible. Lo primero fue ir hacia el barrio donde él vive, a una media hora de auto del centro. Se trata de Benagalbón, un barrio residencial que en su interior guarda claros vestigios de lo que antes fuera uno de los clásicos pueblos “árabes” andaluces, los “pueblos blancos” presentes en toda esa región. Lo primero que nos impactó fue el perfume a azahares que lo invadía todo y la proverbial limpieza de calles y veredas: no se ve ni un chicle pisoteado, una colilla, un papelito o el recuerdo de algún perrito andaluz… (algo que también nos hizo recordar a Luis Buñuel). Desde las alturas de Benalgabón gozamos de una vista espectacular de la ciudad que se extiende a lo largo de la costa. Bajamos luego al centro de Málaga y nos dedicamos a caminar por las hermosas peatonales y admirar la edificación, las tiendas y la gente. Una parada imprescindible fue en el Mercado de Atarazanas: fue allí que aprendimos que una “atarazana” era algo así como un astillero donde se calafateaban los cascos de botes y barcos. En el mercado nuevamente nos sorprendimos ante el precio de la mercadería: todo muy barato en término de pesos, todo muy barato cotejado con Buenos Aires, con una sola excepción: la carne vacuna que en España cuesta el doble que en la Argentina. En compensación, mariscos y pescados salen la mitad (y eso que vimos en el puesto de la pescadería enormes langostinos importados de Argentina con un precio notablemente inferior al de un humilde filete de merluza a orillas del Plata.

La visita al mercado nos había abierto el apetito, y nos dirigimos a una pequeña tasca donde nos sentamos en una mesita en la vereda porque ya la temperatura se había hecho primaveral. Compartimos diversas, excelentes tapas y descubrimos que en España cuando se va a “tapear” es común arrancar con cerveza y seguir luego con vino.

Seguimos luego paseando, y descubriendo restos de muros romanos y otros, árabes, del complejo conocido como la “Alcazaba”. No pudimos visitar el anfiteatro romano pero sí, desde un Belvedere situado a cierta altura tuvmos una vista privilegiada de la enorme Plaza de Toros. Allá atrás y a lo lejos, en el puerto, se destacaba la gran chimenea amarilla con la gran C de color azul del Costa Pacifica. Vimos en un mapa de azulejos de cerámica en una pared que Málaga está estratégicamente ubicada y que parece ser el punto de partida ideal para conocer joyas como la Mezquita Catedral de Córdoba, la Alhambra en Granada y el Generalife. Pero nunca hay tiempo para todo, y antes de regresar al barco pasamos por cuatro museos que nuestro amigo dictaminó que son motivo suficiente para regresar cuanto antes a Málaga. Se trata del Museo Picasso, y de las “sucursales” del Hermitage de San Petersburgo, del Centro Pompidou de París y del Thyssen-Bornemisza de Madrid. Cuando regresamos al barco, hablando con quienes habían participado de algunas de las excursiones ofrecidas por Costa resultó claro que habían quedado impactados por lo que habían conocido y habían disfrutado del día en tierra firme. Muchos habían preferido ir de compras y volvieron a bordo cargados de bolsas y paquetes. El Pacífica se alejó lentamente del muelle a las 19:00 en punto, abriéndose camino entre los ferries que cruzan el brazo de mar que separa el sur de España de la costa marroquí. Poco antes el capitán se refirió al estado del tiempo y una vez más anunció que habría olas y viento de mucha fuerza y que por ende se podía esperar cierto movimiento de rolido y -acaso- de cabeceo. Pero eso, a lobos de mar como nosotros, no llegó a empañarnos una excelente cena que se inició, como correspondía, con un excelente antipasto de “carpaccio” de pulpo (español, ¡desde ya!). Otro día de navegación y el viernes llegaríamos a la hermosa Ciudad Condal, o sea Barcelona, en Cataluña, que sería la última escala en la madrepatria. Mientras nos alejábamos de Málaga al atardecer, rebobinamos y nos dimos cuenta de que el crucero, con tres escalas en Brasil, con la de Barcelona sumaría cuatro en España: dos en Canarias, una en Andalucía y otra en Cataluña.

Después de la cena nos instalamos en la sala reservada a tal fin y jugamos un partido de buraco -que como suele suceder- no ganó quien firma esta nota… Aun sin ganar, nadie perdió el buen humor: un excelente “Spritz Venexiano” a base de Aperol, Prosecco, soda y hielo con media rodaja de naranja garantizó que hasta la pérdida pasara sin pena ni gloria…

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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