Después de Marsella, el peor día del crucero…

Llega el triste fin, de un viaje de película a bordo del Costa Pacífica. Nuestro equipo se despide de la nave y los nuevos amigos que hicieron.

Costa en Marsella

Muelle de Marsella, fin del viaje.

A bordo del Costa Pacifica.- En una sola noche de apacible navegación el Costa Pacifica cubrió las millas marinas que separan los puertos de Barcelona y de Marsella, donde amarró con cronométrica puntualidad a las 9:00 de la mañana del sábado 18 de marzo. Eso es algo que siempre nos sorprende: ¿cómo pueden barcos tan grandes llegar puntualmente a destino, cuando en el camino puede haber una serie de factores que alteren su marcha, como ser el estado del mar, el viento y las demás condiciones atmosféricas? ¡No tenemos la respuesta técnica, pero el hecho es que en todo el crucero llegamos siempre puntualísimos a todas las escalas!

Al llegar a Marsella se nos presentó la alternativa de tomar el “shuttle” (“lanzadera”, en castizo…) proporcionado por Costa, o bien de arreglarnos por cuenta propia. Por lo general en países que conocemos y donde bien que mal nos arreglamos con el idioma, preferimos tener siempre la aventura de organizarnos por cuenta propia, y eso es lo que hicimos. Bajamos del barco y habremos caminado unos 200 metros hasta la salida que daba a una calle interna del puerto. Allí vimos un grupito de cruceristas de nuestro barco y de otro que acababa de atracar con todo el aspecto de aguardar “algo”. Ese “algo” llegó y era un moderno ómnibus de esos con fuelle al medio, que acerca gratuitamente a los huéspedes hasta el centro de la ciudad, al lado de una parada del metró y de una línea de tranvías. Lo más interesante del caso es que durante todo el día, y cada 30 minutos, hay un ómnibus que va y otro que viene y que el servicio es absolutamente gratuito. Vale la pena notar que en otros puertos la ciudad está allí mismo o a un par de cuadras. No así en Marsella: desde donde atracamos a donde nos depositó el ómnibus deben mediar no menos de seis kilómetros. Ya sobre el final del crucero no teníamos intención ni de quedarnos todo el día paseando ni de cansarnos demasiado porque al volver a la cabina tendríamos forzosamente que dedicarnos a armar las valijas que a más tardar a la 1:00 de la mañana deberían estar, debidamente cerradas y etiquetadas, en la puerta de nuestra cabina. Por otra parte, la noche anterior habíamos encontrado sobre nuestra cama, junto con el habitual “Diario di bordo” que detalla todas las actividades programadas para el día siguiente, dos avisos relacionados con la criminalidad y el terrorismo. El sentido de ambos era de proteger a los cruceristas de aquella criminalidad menor a las cuales se ven expuestos en toda ciudad de cierto tamaño y de alertarlos sobre posibles episodios de terrorismo en el cual se aconsejaba, por ejemplo, no pasar demasiado cerca de importantes edificios públicos o privados que pudieran ser el objetivo de un ataque terrorista. Por otra parte, cada vez que un tranvía está llegando al andén donde se detiene, se activa automáticamente un mensaje pregrabado que solicita denunciar la presencia de cualquier bolso, paquete o equipaje abandonado o todo evento insólito o sospechoso. Nos pareció útil, sensato y tranquilizante que Costa compartiera con nosotros esas reflexiones. Es bueno saber que la naviera se preocupa por uno y vela por su seguridad, no sólo a bordo sino fuera de sus barcos. En una máquina colocada en el andén compramos un pase para el modernísimo tranvía que pasa con inusitada frecuencia e hicimos varios de los recorridos posibles por toda la ciudad bajando del tranvía cada vez que veíamos algo interesante como un par de mercados y ferias callejeras. Finalmente, terminamos caminando mucho y llegó el momento de meterse en una “brasserie” y pedir una cerveza y un “croque-monsieur” (delicioso sándwich caliente) cada uno y compartir como postre un muy calórico crépe de pasta de marron-glacé (un manjar…). Allí, cómodamente sentados en una mesa en la vereda nos deleitamos con observar la mezcla humana que circula por esta ciudad que uno reconoce como francesa por el idioma que usa la mayoría pero que exhibe un marcado multiculturalismo que encontramos a la vez problemático y apasionante…

En una serie de cuidados folletos que fuimos recogiendo en nuestra recorrida en tranvía y a pie, descubrimos un par de hechos que no conocíamos, como por ejemplo que la ciudad antigua fue fundada por los griegos, con el objeto de promover el comercio con la región que se conocía como Galia. Hoy la ciudad es el principal puerto francés, el segundo en orden de importancia en el Mediterráneo y el cuarto de toda Europa. Desde Marsella se pueden hacer una serie de excursiones, varias de las cuales son propuestas y organizadas por Costa. Una de las más interesantes llega hasta Avignon, ciudad que fuera la residencia de los Papas entre 1309 y 1403. Otras excursiones que los cruceristas pueden escoger implican una recorrida por la región provenzal llegando hasta Arles que fuera la fuente de inspiración de grandes artistas entre los cuales se destaca Vincent van Gogh. Otra alternativa es la visita de la pequeña ciudad de Aix-en-Provence con todo el encanto de sus angostas callecitas, edificios históricos y el gran mercado con su embriagadora mezcla de colores y aromas.

Volvimos hasta donde nos había dejado el ómnibus y regresamos al puerto en pocos minutos. En el Pacifica nos esperaba la ingrata tarea que preparar nuestro equipaje, el cual, como siempre ocurre, parecía haberse encogido a juzgar por la dificultad de hacer caber toda la ropa que antes había cabido sin dificultad alguna.  Por suerte logramos cerrar todas las valijas que, a la hora de la cena, depositamos al lado de la puerta de nuestra cabina… Cuando regresamos de la última cena en el barco a nuestra cabina la visión de centenares de valijas apiladas frente a cada cabina para ser llevadas abajo en el curso de la noche subrayó en forma inequívoca que el crucero estaba terminando y que -por última vez- la mañana siguiente desembarcaríamos en forma definitiva. El domingo 19 sería el peor día de todo el crucero, porque nos obligaría a volver súbitamente a la vida real: el perfumado mar azul con su sonido acariciante que nos había deleitado desde el balcón de nuestra cabina sería reemplazado por otro mar (de autos, en este caso), sus malolientes escapes y atronadores ruidos…

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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