Ilhabela, una escala para el relax

Una escala muy conocida para quienes hacen cruceros entre Brasil y Argentina es sin duda Ilhabela. Sin embargo pueden existir matices que desconoce y que en esta nota desgranamos para que no se los pierda en su próxima singladura.

Centro de Ilhabela

Centro de Ilhabela

Si no todos, la gran mayoría de los cruceros que en la temporada austral “hacen” Rio de Janeiro -desde Buenos Aires- o de subida o de bajada suelen hacer una escala en Ilhabela, isla cercana a las costas del Estado de Sao Paulo, a poco más de 200 Km. de la ciudad homónima, motor industrial y financiero de Brasil.

Dado el tamaño relativamente reducido de esta isla, la duración de la escala permite formarse una muy buena idea de ella y disfrutar de sus innumerables atractivos. Sin embargo son pocos los cruceristas que al regresar al barco no lamentan que las horas en Ilhabela no hayan podido ser más. Ocurre que en un entorno privilegiado como es el que ofrece la isla, el tiempo parece no transcurrir nunca -tal el relax que embarga al visitante- o transcurrir a ritmo acelerado y concluir demasiado pronto. ¿Cuál es el secreto, o la magia de Ilhabela, para que se produzca este efecto? Veamos…

Como toda isla que se precie y merezca ser definida como tal, Ilhabela está rodeada por el mar, un mar muy hermoso, cálido y muy azul. Allí donde hay mar, hay arena, y allí donde hay arena, hay playa. Y donde hay playa hay sombrillas multicolores, vendedores de coco helado, de maíz caliente, de camarones fritos, barcitos donde se consiguen las caipirinhas y las batidas más espectaculares. En nuestro caso, siempre tenemos que probar más de una para lograr un necesario “desempate” entre una “caipiroska” (la caipirinha que reemplaza la cachaça por vodka) y la batida de maracujá. No nos avergüenza confesar que la última vez que nuestro barco -el Costa Favolosa- hizo escala allí, “tuvimos” que bajar cinco para llegar a la conclusión de que la batida era más afín a nuestro paladar, ya que amamos el maracujá. Fueron dos caipiroskas y, alternadamente, dos batidas. La batida resultó ganadora y tomamos una más, sólo para desempatar. Lo que en otra oportunidad, bajo la canícula de ese día de febrero se nos hubiera subido a la cabeza, pasó casi inadvertido, porque seguramente los vapores del alcohol se disiparon junto con el sudor. Además, ambos tragos venían “estúpidamente gelados” -como dicen en Brasil- y con mucho hielo.

Pero parte del efecto puede sólo adjudicarse al esplendor de la isla, con una variada vegetación donde uno descubre la miríada de tonalidades que puede adquirir un solo color, el verde. Todo parece ser oportuno para que, desde el más humilde pastito a la más alta y estilizada palmera, se desarrollen en forma excepcional. Un fondo verde lo enmarca todo, y contrasta con el intenso amarillo de la arena, del sol y del intenso azul del mar: está claro que la bandera brasileña que flamea sobre el barco no necesitó de mucha inspiración para ser creada: con sólo copiar la naturaleza surgió el pabellón de Brasil.

Acabábamos de darnos un refrescante chapuzón entre una caipiroska y una batida y seguimos paseando a lo largo de la vereda que bordea la playa, cuando empezamos a oír primero una frenética batucada y luego un excelente conjunto que interpretaba bossa nova y frevos bajo un quincho con mesas ocupadas por locales y visitantes que disfrutaban de la sombra, de los ritmos y de sus infaltables tragos, cocos o cervezas. Nos quedamos un rato allí reflexionando sobre el espíritu alegre y playero que se vive en Ilhabela, tan típico de todo el litoral brasileño…

Y fue ahí que caímos en la cuenta de por qué la escala en Ilhabela constituye un destino realmente imperdible en estas latitudes. Para los brasileños una escala en Buenos Aires es muy atractiva, del mismo modo en que una en Rio lo es para los argentinos. Pero sin desmerecerlas, imaginemos a un carioca visitando la capital porteña, y a un porteño haciendo lo propio en la capital carioca. Más allá de los atractivos de cada una, no dejan de ir de una gran ciudad a otra gran ciudad, que aun en verano, con el éxodo estival, no deja de ser un apretuje de gente y un caos de tránsito. Cambiar una gran ciudad por otra no deja de ser interesante, pero es “más de lo mismo”. Son escalas como Ilhabela las que se diferencian y nos ofrecen  momentos de impagable relax.  La escala supone una visita a un pequeño pueblo, donde hay una calle principal y unas pocas que la cruzan, llenas de pequeños barcitos, galerías de arte, tienditas de recuerdos, boutiques de fresca ropa playera y sombreros, casitas pintadas de vivos colores y decoraciones que preanuncian la proximidad de la “fiesta grande”, el Carnaval.

Para nosotros son las escalas en lugares así que le dan un sabor especial a la experiencia de un crucero, y que realmente le demuestran a uno que hay otra forma de vivir que no es, precisamente, la que se padece en los grandes centros urbanos…

Siempre con la playa y el mar a la vista, nos sentamos en una mesita rodeada de silloncitos de mimbre para disfrutar de un refresco -sin alcohol esta vez- para observar a la gente local pasearse por la calle principal del pueblito que nace en el puerto, con un ritmo relajado, descansado y con una expresión de intensa tranquilidad que nos pareció envidiable. Se hizo la hora de volver al barco, y cuando esperábamos el “tender” que nos devolvería a nuestra cabina para una reparadora ducha, miramos desde el muelle hacia el mini-Edén que íbamos a dejar atrás, y nos prometimos que muy pronto estaríamos de vuelta para una estadía más prolongada. Al atardecer, Ilhabela fue quedando atrás, y cuando nos dirigimos al comedor para cenar lo hicimos a paso más lento que el acostumbrado: el relax de Ilhabela nos había -afortunadamente- contagiado.

Para mayores datos sobre los cruceros que pasan por Ilhabela consulte a su agente de viajes o visite las webs de las navieras ingresando a www.costacruceros.com – www.hollandamerica.com – www.msccruceros.com.ar

Fuente: Noticias de Cruceros

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