Un día como pocos, en Marruecos

El experto viajero Guido Minerbi, nos acerca otra de sus notas de Destinos. Esta vez en la cautivante Marruecos.

Fez Marruecos

En la primaria, aprendimos que muchas palabras castellanas derivan del árabe. Sin la influencia de quienes, entre otras minucias, nos legaron La Alhambra, hoy estaríamos condenados a vivir sin alacenas, alfajores, alfombras, almohadas, almacenes o álgebra. Bueno, eso de vivir sin alfajores sería terrible, pero muchos sentirían un gran alivio al vivir sin álgebra.

Cuando el crucero en el que viajábamos hacia Buenos Aires cruzó -en plena noche- el Estrecho de Gibraltar, sin darnos cuenta pasamos de aguas del Mediterráneo a las del Atlántico y efectuamos una escala en un puerto, necesariamente identificado con Ingrid Bergman y Humphrey Bogart: Casablanca (Marruecos).

No sobra un poco de historia

La antigua ciudad fue arrasada siglos atrás por un temible terremoto, sin quedar en pie ni una sola vivienda. El primero que reconstruyó la suya fue un pudiente portugués quien la hizo pintar a la cal para defenderla del fuerte calor del verano. El blanco de la cal, enceguecedor bajo el sol, dio lugar a un apodo -en portugués- de casa branca. El portugués se fue españolizando, las dos palabras se juntaron y así de formó el nuevo nombre de la ciudad que hoy conocemos como Casablanca. Claro que esto no nos ahorra alguna confusión, ya que los locales la llaman Dar-el-Beida. Esto no debe sorprender,  puesto que en árabe, dar-el-beida quiere decir, precisamente, Casablanca.

La ciudad es hermosa, con un puerto notable, una gigantesca mezquita y tantas otras, y varios barrios y plazas con evidente influencia francesa. En una de las calles más señoriales del centro nos encontramos con una refinadísima patisserie que podría estar  a metros de Notre Dame o del Louvre, en París.

Esta escala -que bien merece recorrerse a pie para deleitarse con su atmósfera tan particular- es fuente de frustración para ciertos cruceristas amantes del cine pero que ignoran que no todos los films se ruedan donde se dice que se han rodado, sino en gigantescos estudios a miles de kilómetros de distancia. Así, es un clásico que muchos se apresuren a bajar del barco -celular en mano- para sacarse varias selfies frente al Rick´s Café Americain y a tomarse una copa en sus instalaciones. El emblemático local era precisamente el que regenteaba Bogart en el film pero lo que pocos saben es que nunca existió allí, sino que fue armado en estudios de Hollywood donde se rodó el film. Una muy marketinera ex diplomática norteamericana se consiguió un socio marroquí y juntos, hace un par de años, recrearon el emblemático local que pueden engañar a unos pocos, pero que nada tiene de auténtico.

Casablanca -más allá de estos avatares- se puede definir como una escala de escalas, ya que muchos ctuceristas eligen visitarla brevemente para luego internarse en Marruecos y conocer una de tres ciudades que son meta de excursiones inolvidables: Rabat, la capital del reino, Marrakech, centro turístico renombrado y Fez, la antigua capital de Marruecos con características que la hacen única. Como los cruceros se detienen en Casablanca entre 8 y 10 horas y siendo necesarias casi tres horas para llegar en ómnibus a cualquiera de las tres, tiramos una moneda y salió Fez.

La moneda nos regaló un paseo inolvidable. Nos tocó un guía -Ahmed- profesional y verborrágico a la vez, quien desde que nos recibió a los piés del ómnibus con el tradicional Salaam aleikum (La paz sea con ustedes) hasta que se despidió con un sentido Shokrán (¡gracias!), no dejó nunca de hablar, siempre ataviado con su fes rojo, ese típico sombrero con forma de tronco de cono con un característico adorno negro que cae a un costado.

Recorriendo Fez

Comenzamos la visita a Fez conociendo el Palacio Real, con sus imponentes puertas de bronce cincelado que relucen en el sol cual oro macizo. Luego continuamos a pie, y penetramos en un intricado dédalo de callejuelas abarrotadas de gente, tienditas, puestos de comida y cautivantes aromas de especias y platos típicos. Habíamos llegado a la antigua medina de Fez, la mayor de todo el mundo árabe. Visitamos una serie de locales, uno de los cuales nos resultó especialmente atractivo por un lado y rechazante por el otro.

Tiendas en Fez, Marruecos

Las tiendas en el zoco de Fez

El local ocupa varias plantas de un antiguo edificio y propone la más variada y colorida colección de productos de delicada marroquinería, desde pantuflas, a almohadones o cajas recubiertas de cuero multicolor. Como estamos con ánimo etimológico, vale la pena notas  que marroquinería deriva de el adjetivo marroquí (o sea, de Marruecos).

Hasta ahí todo bien, hasta que nos invitaron a observar desde la terraza el curtido y teñido de pieles que se realiza dos pisos más abajo en un enorme patio arbolado. Nos pareció interesante y subimos por una estrecha escalera empinada a la terraza. Nos sorprendió lo que tomamos como una simpática costumbre local: antes de empezar a trepar por la escalera, una señorita atractiva con un velo ornado con lentejuelas doradas nos obsequió una ramita de menta a cada uno.

Salimos a la terraza y casi nos voltea el olor repugnante del cuero curtiéndose en una especie de caldo de excremento de palomas. Ahí fue que entendimos el por qué de la ramita de menta que todos casi nos metimos en la nariz. El espectáculo valió la pena, no obstante el olor.

Ver los techos de la antigua medina desde lo alto y los maravillosos colores que bullían en las grandes tinajas fue inolvidable.

Dejado atrás ese insufrible olor, Ahmed nos condujo al que fuera el palacete de un ricachón local donde nos esperaba una excelente comida típica en la que no faltó el tradicional cous-cous con vegetales y presas de pollo cocidas en hornillos de barro esmaltado de forma cónica, un almuerzo finalmente coronado por unos dulces fritos, chorreando miel. Durante todo el almuerzo un trío de músicos con largas túnicas y sombreros típicos interpretaron melodías características, que Ahmed presentó como las tías abuelas del flamenco. El espectáculo incluyó una danza del vientre a cargo de una muy profesional bailarina envuelta en vaporosos velos que, a nuestro modesto juicio, podría haber sido algo más joven.

Cuando no se conoce el idioma local -el árabe en este caso, por más que muchos se manejen con algo de español  o de francés- uno está un poco preocupado por el temor de extraviarse o de que pueda pasarle algo desagradable. La antigua medina, un verdadero y mágico laberinto, invita a sacar foto sobre foto, a tocar con mano atractivos productos de la artesanía local, a meterse en zaguanes, pasadizos, mezquitas, museos, antiguas universidades y madrasas (escuelas religiosas).

Sería más que fácil extraviarse y de pronto quedar aislado del grupo, del buen Ahmed, con el riesgo de perder el barco. Fue así que descubrimos que nuestro cicerone contaba, desde el momento mismo en que ingresamos a la medina con la infatigable colaboración de cinco personajes que -salvando las distancias- cumplieron con eficacia la función de perros ovejeros y nos arriaron con amabilidad y firmeza a la vez, para impedir que ninguna de las ovejitas del rebaño se perdiera por ahí.

Siempre nos siguió a distancia prudencial un solícito gigante. que definiríamos mejor como un ropero, totalmente pelado, de traje y corbata y mirada penetrante quien en ningún momento dejó de estar a nuestras espaldas.

Si bien no había ningún peligro acechando (excepto el de extraviarse), esa protección nos infundió gran tranquilidad y garantizó que disfrutáramos de un paseo imperdible, contenidos y protegidos en todo momento.

Para mayores datos sobre los cruceros que pasan por Marruecos consulte a su agente de viajes o visite las webs de las navieras ingresando a www.costacruceros.com – www.msccruceros.com.ar o www.pullmantur.travel

Fuente: Noticias de Cruceros

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa.