Decálogo de nueve puntos para cruceristas noveles

Muchos son tradicionalistas y suponen que todo decálogo que se precie debe necesariamente constar de diez puntos. Así, alguno de los puntos es totalmente inútil, pero cumple con la honrosa función de llevar el total a los mágicos diez…

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Aunque este decálogo tiene sólo nueve puntos, podría tener 18, 27 ó más, tanto hay para decir de los cruceros y de la vida a bordo.

Por eso se me ocurrió que este decálogo rompa con todas las reglas y sólo tenga nueve puntos, más que nada porque sólo tengo nueve experiencias para compartir con quienes por primera vez se embarcarán en un crucero…

No quiero alardear con un número impactante de cruceros realizados, pero han sido muchos, y uno mejor que el otro. Esta amplia experiencia me permite compartir una serie de observaciones (no soy quién para dar consejos) que he ido realizando a bordo de distintos barcos en muy diferentes itinerarios americanos y europeos.

Uno

Así como hay quienes no toman un avión por temor a volar, hay quienes se pierden la maravillosa experiencia de realizar un crucero por temor al agua.

Es cierto que, por definición, todo crucero transcurre sobre el agua, pero es cierto también que el agua con la que el huésped toma contacto es la que bebe, la de la ducha, la del jacuzzi y la de una de las piscinas de abordo. El agua que algunos temen es sólo un elemento del paisaje, y no tiene por qué asustar a nadie.

Claro que cada uno es cada uno, pero muchas veces estos temores son exagerados y desaparecen al poco rato de haber salido del puerto, tal es la sensación de seguridad que inspiran los mega-barcos de hoy que, en muchos casos, superan los trescientos metros de eslora (que equivalen a tres cuadras de largo…)

Es cierto, por otra parte, que un avión puede caer, un tren puede descarrilar, un auto puede chocar y un barco puede sufrir un percance. Si uno pensara en esto, no debería salir de su casa por el resto de sus días que, de pronto, podrían terminar sin previo aviso por un desafortunado patinazo en la bañadera.

Dos

Hay quienes no han tomado nunca un crucero por miedo a marearse. Ahí el mejor asesor puede ser la propia compañía naviera o un experto agente de viajes.

El mar está mayormente en calma y el oleaje ni siquiera se siente, ya que hace falta mucho mar grueso para afectar a barcos de más de cien mil toneladas, con estabilizadores y expertos capitanes que eligen el mejor derrotero.

Lo importante, si uno tiene el temor de descomponerse, es asesorarse, porque hay determinadas zonas del mar y de los océanos que son más ‘movidas’ que otras.

Por ejemplo, el estrecho que separa Tasmania de Australia es tradicionalmente muy ‘movido’. Otro tanto pasa en el Pasaje de Drake, que separa Tierra del Fuego de la Península Antártica. O bien entre Italia y Francia, separando las islas de Cerdeña y Córcega, el estrecho conocido como Las Bocas de Bonifacio, de aguas permanentemente agitadas.

Por lo tanto, ésos son tres recorridos que quien tenga temor de marearse debería evitar. Quien tome un crucero costero al Brasil, navegue por el Caribe o haga el cruce a Europa, rara vez se dará cuenta de estar a bordo de una nave.

Aun así, no hay que olvidar que hay excelentes productos farmacéuticos que permiten superar airosamente toda eventual incomodidad. Eso sí –una recomendación siempre útil en caso de que el oleaje sea algo molesto– es recomendable a la hora de las comidas tomar poco líquido e ingerir alimentos bien sólidos.

Tres

Cambiemos de tema. En lo que hace a idiomas, hay cruceros y cruceros.

En todos los barcos de cruceros hay una lengua franca: el inglés. Quien habla inglés no tendrá problema idiomático alguno, ya que todos los tripulantes deben manejar ese idioma.

Muchos hablan más de un idioma, pero de poco nos ayudará que, a falta de inglés, en la mesa el camarero filipino nos hable en tagalo, o el que proviene de la India utilice uno de los cientos de dialectos que allí son moneda corriente.

No hay que espantarse: el castellano está muy difundido, al igual que el portugués, por lo menos en los cruceros que van de Buenos Aires hacia Brasil, Uruguay y Chile.

Además, todo el personal que atiende en el mostrador de informes habla con fluidez entre cuatro o cinco idiomas. Esto es así para los barcos que ‘hacen’ la temporada en esta parte del mundo año tras año.

En otros barcos, por el contrario, al embarcar una clientela fundamentalmente anglosajona, reina el inglés, y quien no lo habla se verá en figurillas. Por lo tanto, quien sabe algo de inglés estará siempre en una posición de ventaja con respecto a aquellos huéspedes que no lo hablan.

Cuatro

Un tema que frena a muchos es la percepción, absolutamente errada, de “¿qué voy a hacer todo el día? ¡Me voy a aburrir como una ostra!”

En primer lugar, eso de que las ostras se aburren no ha sido comprobado científicamente. Pero eso de que uno a bordo se va a aburrir es un prejuicio sin fundamento.

En mi experiencia, si es que hay un problema a bordo, éste reside en el hecho de que uno no sabe en qué actividad participar y cuál perderse.

Durante todo el día y buena parte de la velada hay entretenimientos y actividades para todos los gustos. Y todos, incluidos en el precio del pasaje… ¿Todos?

Bueno, hay tres que no:

  • El cine en cuatro dimensiones
  • El bingo
  • Y, desde ya, el Casino.

Ahí, si uno desea participar, debe pagar aparte, de acuerdo con el dicho que repetían las abuelitas ibéricas: “El que quiere celeste, que le cueste”.

Esto, en lo que a entretenimientos se refiere. Luego, a nivel de bebidas y de gastronomía, casi todo está incluido, con contadas excepciones.

En los varios restaurantes del barco las comidas están siempre incluidas y son variadas, abundantes y excelentes.

Luego, uno puede adquirir un ‘paquete’ de bebidas de distintos niveles y alcances, tras lo cual tendrá ‘canilla libre’.

Finalmente en cada barco hay restaurantes de ‘especialidades’ que requieren abonar un arancel.

Otro tanto ocurre en algunos bares especializados, por ejemplo, los que sirven finas tortas y chocolates.

Lo recomendable es contratar un paquete para tener el aspecto bebidas y cafetería cubierto, y terminar pagando muchísimo menos de lo que uno pagaría comprando cada trago o café ‘de a uno’.

Cinco

Decálogo 5

Otro aspecto que suele preocupar a quien nunca ha subido a un crucero es el que responde a la pregunta “¿Qué me pongo?”.

La vestimenta a bordo es generalmente informal, del tipo que uno llevaría yendo a su club el fin de semana. No sería adecuado ir de saco y corbata si uno va a tomar sol o bañarse en una de las piscinas… Aun así, hay una serie de limitaciones.

A los restaurantes no se puede ir en traje de baño ni con el torso desnudo o con ojotas. Para eso hay restaurantes al aire libre.

A la hora de la cena la cosa se pone algo más ‘seria’ y casi todo el mundo va de ‘elegante sport’ (ropa deportiva buena). Se recomienda no ir de short o bermudas porque en la mayoría de los restaurantes a bordo eso no está bien visto o tolerado.

Pero lo que pone nerviosos a los cruceristas noveles son las noches de gala. Ellos sudan pensando que deberán tener un frac o un smoking y ellas, vestidos largos como los que llevarían a una audiencia papal o para tomar el té con la reina Isabel.

Eso no es así. Yo mismo jamás he tenido un frac ni un smoking, y no me puse uno ni siquiera para casarme. Con un traje oscuro y una buena corbata basta y sobra, y me atrevería a afirmar que un ‘blazer’ oscuro con un pantalón haciendo juego es suficiente.

Las señoras pueden ir de largo si lo desean, o con un buen pantalón de vestir. De pronto todas pasarán por el salón de belleza de a bordo para lucir un peinado que las favorezca. Pero recordemos: en las cenas de gala no hay que hacer grandes alardes, sino marcar la diferencia con una velada común.

Seis

Algo que sorprende al ‘primerizo’ es el drill (ejercitación) en el que todos deben participar, les guste o no.

Esto es algo que, además del primerizo, también debe hacer quien haya realizado decenas de cruceros.

El drill es en realidad un simulacro de abandono del barco en caso de emergencia –altamente improbable–, que debe preverse para garantizar la seguridad de los huéspedes.

Es fundamental que todos conozcan cuál es su punto de reunión y cuál es la embarcación de salvataje que les corresponde.

También es imprescindible que cada uno sepa dónde encontrar su chaleco salvavidas y cómo ponérselo adecuadamente.

El drill se desarrolla en la cubierta de botes, donde se explica, por ejemplo, cuántos toques de sirena son los que preanuncian el posible abandono del barco.

Atento a que no todos hablan inglés, las explicaciones se repetirán por el sistema de altavoces en varios idiomas.

Hasta tanto no se hayan dado las explicaciones en cuatro o cinco idiomas de uso frecuente (el castellano es uno de ellos), todos deberán permanecer de pie en cubierta, en el punto de encuentro, hasta que se anuncie que la ejercitación ha terminado.

Desde ya, quien circule en silla de ruedas podrá permanecer sentado, pero eso no le exime de quedarse hasta el final.

La obligatoriedad del drill no debe tomarse a la ligera, y algunas navieras se reservan el derecho de desembarcar a quienes ‘peguen el faltazo’.

Después de todo, si lo que está en juego es la propia seguridad y, a veces, la vida misma, no concurrir es, ni más ni menos, una señal de estupidez…

Siete

Decálogo 3En los informes que cada naviera entrega junto con el pasaje o con el itinerario, quien no haya tomado un crucero antes podrá encontrar una misteriosa palabrita en inglés: tender.

Cuando por los rieles argentinos circulaban viejos trenes arrastrados por negras locomotoras a vapor, detrás de ellas iba un vagón, negro también, en el que se almacenaban agua y combustible. Ese vagón formaba parte de la locomotora misma y se conocía como tender, con acento en la primera ‘e’.

En un crucero el tender no tiene nada que ver con su antecesor ferrocarrilero. Cuando leemos en las informaciones que el desembarco en un puerto se hará por tender, debemos entender que, en determinados puertos como Puerto Argentino en Malvinas, Punta del Este en Uruguay, o Ilhabela en Brasil, el barco no puede atracar en el muelle.

Entonces, ancla a cierta distancia de la costa y utiliza grandes lanchas de salvataje para transportar a tierra a unas cien personas por vez hasta tierra.

A estas lanchas de las denomina tenders, y es una experiencia interesante ver al enorme barco en la distancia mientras uno se acerca a la costa en una lancha de menor tamaño que las que circulan por el Delta.

Ocho

Decálogo 4Otro tema que interesa a los cruceristas es el cuidado de la salud a bordo. Este aspecto tiene tres vertientes bien diferentes.

Para comenzar, quienes padecen de alguna minusvalía pueden viajar como cualquier otra persona, teniendo en cuenta que los barcos de crucero actuales cuentan con amplios ascensores, cabinas especiales para quienes utilizan sillas de ruedas, un mínimo de barreras arquitectónicas, y personal amable y preparado para ayudar a quienes no se pueden valer por sí solos.

Vale la pena mencionar el caso específico de Alex Santos, gerente de relaciones con los pasajeros del Costa Fascinosa, quien pasó casi un día entero circulando por el enorme barco utilizando una silla de ruedas con el loable propósito loable de ponerse en el lugar del otro.

Hay otro tipo de temas de salud que pueden preocupar a otros potenciales cruceristas como los celíacos, los diabéticos y quienes requieren comidas especiales por algún motivo: Ésos tampoco son problemas, ya que a bordo es posible solicitar un menú ‘a medida’.

Por último, algunos piensan que en un momento dado, lejos de un puerto, pueden sufrir un malestar o, peor, una emergencia médica. Va a disipar su preocupación saber que a bordo de cada barco hay un médico experimentado, enfermeras, una farmacia bien surtida y un hospital perfectamente equipado.

Muchas navieras incluyen el seguro del viajero en el costo del pasaje, por lo cual estas emergencias están cubiertas, y uno puede viajar disfrutando a pleno sin preocuparse.

En el desafortunado caso de que uno necesite cuidados médicos o medicamentos, el seguro del viajero requiere que se abone el gasto a bordo, y que al regresar a su ciudad se presenten los comprobantes para su reembolso.

Una buena medida es llevar consigo los medicamentos que uno toma habitualmente, porque eso hace que uno se sienta mucho más tranquilo.

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Había empezado con que este decálogo sería excepcional, ya que en lugar de diez puntos, sólo tendría nueve. La verdad es que podría tener 18, 27 ó tantísimos más, porque hay siempre tanto que decir de los cruceros y de la vida a bordo de un moderno barco que, según se lo vea, es un hotel cinco estrellas flotante o una ciudad que se desplaza sobre el mar.

Pero hay algo que los antiguos romanos calificaban de condición sine qua non: El crucero no es para cualquiera.

El crucero es una experiencia maravillosa que tiene una sola, insoslayable, exigencia: Es apto sólo para quien esté deseoso de pasarla muy bien, relajarse, descansar, conocer gente interesante, puertos soñados y disfrutar 24 horas sobre 24. ¡Amargados, abstenerse!

Muchos se preguntan si conviene embarcarse solos o acompañados. Personalmente, prefiero viajar con mi esposa, porque ambos disfrutamos a pleno.

Pero he visto familias enteras, grupos de amigos, y también gente sola que accede en el viaje a la posibilidad de conocer a mucha gente, hacer nuevas amistades y renovarse. Es muy cierto aquello de que en muchos casos “uno se embarca solo y desembarca acompañado”.

No he hablado aquí de la belleza del mar, de las salidas y puestas de sol, de la magia de las escalas, del cúmulo de experiencias y sensaciones que se viven a bordo de un crucero… Pero todo eso quedará para otro posible decálogo de nueve puntos.

Fuentes: Grist / Cruise Ship Accident Lawyer / Martinique Excursions / Newsweek / Noticias de Cruceros

 

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa.