Recife, Salvador, y las fusiones caribeñas

Las islas que va enhebrando el Crystal Symphony y las primeras escalas en Brasil le dan a nuestro corresponsal la oportunidad de percibir la amalgama de lo afro, lo europeo y lo americano, y descubrir sus improntas en la arquitectura y la cultura de cada lugar.

Fusiones - Bahía

“Este barrio colonial, perfectamente conservado y siempre objeto de mejoras que buscan llevarlo a su esplendor original, es hiperbrasileño e imperdible.”

Legados diferentes componen el mosaico del Caribe y la esencia del Brasil. Diferentes culturas se suman y superponen, en fusiones que crean realidades apasionantes: el Crystal Symphony recorre un itinerario mágico que revela el efecto de siglos de influencia colonial y cultural, desde Nueva Orleans a Río de Janeiro para ofrecernos una oportunidad que ningún otro nos había brindado hasta la fecha.

Todo había comenzado en Nueva Orleans, fruto de cuatro herencias heterogéneas. No hay duda de que la ciudad es una de las menos anglosajonas de los Estados Unidos.

Su toponimia es fuertemente francesa, pero no deja de tener una fuerte influencia hispánica. Al mismo tiempo, son indiscutibles la presencia anglosajona y, aun más, la afroamericana.

Caminando por la emblemática Bourbon Street es imposible no cruzarse con alguien que usa una vieja lata de aceite o pintura como tambor y va tejiendo ritmos que remiten al corazón mismo del África. El excelente jazz dixieland tiene una clara influencia de ritmos lejanos y de la musicalidad de otras latitudes.

Grand Cayman, Curaçao, Grenada y la Ile Royale

Tras zarpar, la primera escala había sido en Grand Cayman, donde flameaban más banderas inglesas que locales porque el barco había llegado a uno de los territorios ingleses de ultramar.

Después, cuando el Symphony amarró en la colorida Willemstad (Curaçao), descendimos en un país autónomo que, aun así, forma parte del lejano Reino de Holanda.

Canales, puentes y edificios que, de no ser por el fuerte calor tropical y por un sol que jamás se mostraría tan intenso en Ámsterdam, podrían ser una esquirla de los Países Bajos rodeada por un mar muy azul, a veces transparente.

La gente allí habla principalmente en holandés, tal como lo haría en Delft, Rotterdam o Den Haag (La Haya).

Dejamos atrás esta Holanda caribeña y llegamos a Grenada donde, nuevamente, dominaba el Inglés, y la arquitectura tiene un dejo francés e inglés a la vez, matizado por lo inconfundiblemente caribeño.

La próxima escala, con el Caribe a las espaldas, sería en la Ile Royale, contigua a la Isla del Diablo, en la Guinea Francesa.

Allí domina el francés y, al igual que en París, Biarritz o Niza, los pocos vehículos que circulan llevan la patente homologada por la Unión Europea, con la letra ‘F’, de Francia.

Recife: Fusiones al Estilo Brasileño

Con este popurrí de culturas, estilos e idiomas aún fresco en la mente, tras tres días de navegación por el Atlántico, atracamos en el puerto de Recife, capital del estado nordestino de Pernambuco, en Brasil.

Allí conviven las herencias de tres culturas: por un lado la holandesa, por otro la portuguesa, y rastros genéticos de los habitantes originarios.

En sus calles y cada tanto se ven personas más bajas que las otras, las piernas levemente arqueadas, con un flamígero cabello muy colorado y enrulado, que hace pensar de inmediato en el de van Gogh y tantos holandeses.

A ese tipo de cabello los locales le dicen ‘sarará’. Pero la herencia holandesa no es sólo genética. Según la parte de la ciudad antigua o histórica en la que uno se encuentre, encontrará casas que replican las de Ámsterdam, mientras que en otras la influencia portuguesa aflora imparable.

Todo ello, condimentado con los vivos colores que parecen ser una marca registrada de Brasil.

Y si bien estamos en el país más extenso de América del Sur, se habla un solo idioma, de pronto dulcificado en sus tonalidades, pero es el mismo que se habla en Porto, Lisboa o el Algarve.

En Brasil todo se ha fusionado plenamente y Recife es un excelente ejemplo.

A diferencia de las otras escalas, la de Recife fue la primera en una gran ciudad, y la primera en el continente.

Salvador da Bahia

Un día más de navegación y llegaríamos a Salvador, ciudad a la que muchos llaman Salvador de Bahía, cuando en realidad es Salvador da Bahia, sin acento sobre la ‘i’.

La que fue la primera capital de Brasil es hoy una de las ciudades más pobladas de ese país. Hay tanta gente circulando por las calles que es imposible sentirse solos y a veces se está demasiado ‘acompañado’.

Al llegar por vía marítima se tiene la impresión de estar llegando a una ciudad moderna sin personalidad propia. Pero para cambiar de opinión hay que caminar unos cuatrocientos metros desde la terminal de cruceros, atravesar un gigantesco mercado de artesanías y esperar turno para subirse al histórico elevador Lacerda, que se instaló hacia fines de 1800.

Las cabinas de los ascensores tienen gran capacidad y se desplazan con rapidez. El costo del viaje es irrisorio: 15 centavos de real en cada dirección: algo así como un peso con cincuenta en moneda argentina.

En un ascenso de unos cuarenta segundos se llega al barrio alto, donde reina una fusión cultural absoluta: se habla portugués, hay mucha música en las calles, vendedores de cocos helados decapitados a machetazos, y las monumentales bahianas con sus atuendos muy blancos o de vivos colores y sus característicos turbantes, que hacen la felicidad de los fotógrafos aficionados.

Todo, enmarcado por una arquitectura punteada de hermosas iglesias, mezcla de estilos barroco y colonial, callejuelas atestadas de todo tipo de tiendas y locales, y una edificación de estilo netamente portugués engalanada con una sinfonía de colores que sólo se puede disfrutar en Brasil.

El Brasil Esencial

Este barrio colonial, perfectamente conservado y siempre objeto de mejoras que buscan llevarlo a su esplendor original, es hiperbrasileño e imperdible.

Es hermoso sentarse en algún establecimiento con mesitas en la calle, bajo grandes sombrillas de colores para no insolarse y ver cómo turistas de todas partes del mundo, con una gran proporción de europeos, deambulan en un marco multicolor que va cambiando en cada esquina y desde cada ángulo.

Nosotros, que ya hemos estado en Salvador otras veces, tenemos allí un reducto favorito: el pequeño bar del hotel Vila Bahia, amueblado con estilo y elementos de época que le confieren una calidez única.

En esta ciudad, como en Recife, también reina el idioma portugués y todo es una fusión de África y Portugal que ha dado lugar a lo típicamente brasileño. Por eso nos atreveríamos a afirmar que quien no ha conocido el barrio alto de Salvador –el Pelourinho– no ha entrado en contacto con el verdadero corazón de Brasil.

Tras disfrutar de dos excelentes cervezas locales “estúpidamente geladas” como se les dice allí, volvimos sobre nuestros pasos y, antes de retornar abajo con el elevador Lacerda, nos acercamos a una gran terraza desde la que se domina todo un sector de la ciudad baja y del puerto.

Allí divisamos al Symphony, de un blanco enceguecedor, en un mar que nos asombró por una inusual tonalidad verde esmeralda como nunca habíamos visto.

Ya abajo, mientras caminábamos hacia la moderna terminal, reflexionamos sobre el acierto de quien diseña los itinerarios de Crystal.

En este caso, no había sido meramente un crucero, sino una irrepetible oportunidad de vivenciar cómo las influencias externas –coloniales, genéticas o culturales– van modificando y moldeando la esencia de cada isla y de cada país hasta plasmar una nueva realidad que todo lo absorbe y fusiona, algo original, que antes no existía.

Para más información sobre Crystal Cruises, consulte a su agente de viajes o comuníquese con Reise Destination, llamando al +54 11 5254 9097.

Fuentes: Noticias de Cruceros

 

Recife, Salvador, y las fusiones caribeñas
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