Seguridad: El legado del ‘Achille Lauro’

Pasaron 34 años y no en vano: el secuestro del crucero italiano fue un drama, pero dejó enseñanzas en base a las que se adoptaron estrictas medidas para garantizar la seguridad de los cruceristas, aún en la actualidad.

Achille Lauro - 1

Tras el dramático episodio, el Achille Lauro continuó en servicio para la Flotta Lauro Lines. La Mediterranean Shipping Company (MSC) compró la naviera en 1987, con lo que pasó a llamarse Star Lauro. Finalmente, el Achille Lauro se incendió y hundió en el océano Índico, frente a Somalia.

Era el 7 de octubre de 1985. El Achille Lauro, con base en Nápoles (Italia), emprendía un crucero por el Mediterráneo y había zarpado del puerto egipcio de Alejandría hacia el israelí de Ashdod.

Cuatro terroristas palestinos, que se habían hecho pasar por turistas noruegos, abordaron el barco y, ya en alta mar, súbitamente desenfundaron armas y secuestraron el barco de unas 24.000 toneladas, a sus 300 tripulantes y más de 400 pasajeros a bordo.

Pretendían que Israel liberara a cincuenta prisioneros palestinos, lo cual finalmente no ocurrió, y terminaron aprehendidos con la intervención de los Estados Unidos.

Finalmente, el secuestro, que podría haber tenido consecuencias mucho más lamentables, produjo una sola víctima: Leon Klinghoffer, un hombre de religión judía, que viajaba con su esposa.

Tenía 69 años y se desplazaba en silla de ruedas como consecuencia de un ACV. Los terroristas le descargaron un tiro en la cabeza y, ya muerto, lo arrojaron al mar.

Del Achille Lauro a los Controles Actuales

Tal fue el impacto de este acontecimiento que acerca de él se escribieron ensayos, estudios, artículos periodísticos, novelas, se rodó un largometraje y hasta se compuso una ópera, que se estrenó en el Metropolitan Opera House de New York en medio de gran controversia, pero que culminó con una ‘standing ovation’.

Todo eso hizo del secuestro del Achille Lauro un episodio histórico, memorable. Pero el horror no fue en vano: los acontecimientos impactaron en toda la industria de los cruceros, que entonces tomó conciencia de los riesgos que planteaba la amenaza del terrorismo internacional.

A partir de allí se aceleró la implementación de una serie de normas de seguridad que actualmente permiten disfrutar con total tranquilidad de sus cruceros.

Al igual que en todos los aeropuertos del mundo, en los puertos se realizan actualmente controles minuciosos, se utilizan detectores de metales, se revisan los equipajes sospechosos y mucho más.

Pero lo que quizás impacta más a los huéspedes de los grandes cruceros de hoy que, a distancia de años, hacen parecer al Achille Lauro un barco ‘enano’, son los controles a los que deben someterse cada vez que desembarcan o embarcan en cada una de las escalas:

  • Se controlan las tarjetas que tienen la triple función de reemplazar las llaves de las cabinas, las tarjetas de crédito y la documentación personal en tierra.
  • Se fotografía a cada uno de los huéspedes para confirmar su identidad
  • Y todo lo que se sube a bordo se escanea y pasa por los detectores de metales.

El proceso es, a lo sumo, una pequeña molestia y produce una cola algo más larga al desembarcar y al volver a abordar. Pero nadie se queja, porque es una forma eficiente y abarcadora de garantizar la seguridad de todos.

‘Armas Potenciales’ y Otras Amenazas

Vale la pena ejemplificarlo con una anécdota vivida por quien escribe esta nota.

Al embarcar en el puerto de Buenos Aires para un crucero transatlántico rumbo a Italia, llevó consigo un bolso con cámaras y computadora y su pequeña valijita de mano, y despachó sus dos pesadas valijas en la terminal.

Cuando el barco zarpó, no le preocupó que en su cabina sólo hubiera aparecido una sola valija.

Pero a la medianoche, después de cenar y tomar un trago en cubierta, regresó a la cabina y notó que la segunda seguía faltando. Y pensó lo peor: ¿Habría quedado en la terminal? O, peor aun: ¿La habrían subido al barco equivocado?

Fue entonces que notó sobre la cama una escueta notita, que lo invitaba a pasar por la oficina de seguridad para retirar la valija.

Volvió a colocarse los zapatos que ya se había quitado y rumbeó hacia allá donde, amables pero severos, dos agentes de seguridad le pidieron que abriera personalmente esa valija que, según ellos, contenía “elementos prohibidos”.

¿Qué había pasado? Un muy querido amigo italiano era parrillero de alma, así que como obsequio, le había comprado un juego de cuchillo, tenedor y chaira con una bonita funda de cuero. Y esos elementos, inocentes a su entender, podían potencialmente usarse como armas…

Así que los agentes de seguridad se los secuestraron, le entregaron un comprobante, y al desembarcar en el puerto de destino se los devolvieron sin decir palabra. Mejor dicho, le dijeron más de una:

Cuando se viaja en avión, le recordaron, no se puede llevar ni un alicate para las uñas, a menos que se lo guarde en una valija que viajará en bodega, a la cual no podrá acceder en ningún momento. En un barco, por el contrario, las valijas viajan con uno ¡y todo lo que contienen es accesible!

Así que, para evitar un mal rato y no hacer papelones, hay que pensar dos veces antes de meter algo en el equipaje.

Fuentes: Foto Blogue du Meiza / Viajar en Cruceros / Noticias de Cruceros

 

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Guido Minerbi

Periodista políglota especializado en viajes. Profesor Asociado en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Director de Minerbi - Silveira Comunicación Corporativa. 

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