Todos los puertos, un puerto

Destinos y escalas intermedias son vitales para el crucerista, pero hay un aspecto importante que rara vez se tiene en cuenta: los puertos.

Puertos de Cruceros, Pier Mauá en Río de Janeiro

Puertos de Cruceros, Pier Mauá en Río de Janeiro

Lo primero y lo último que vemos de una ciudad es, invariablemente, su puerto. Un puerto es, antes que nada, según nos explica el voluminoso diccionario que hemos desempolvado para la ocasión, un “lugar seguro y protegido”. No es casual que en castellano (y en tantos otros idiomas) digamos “llegar a buen puerto” para denotar “final feliz” o “meta alcanzada”.

Aquellos Ignorados

Los puertos gozan de “mala prensa, o de cero prensa. Nadie parece acordarse de ellos al escribir sobre cruceros: es extraño, porque si los puertos fueran todos iguales, de pronto se entendería que, muy por el contrario, son marcadamente diferentes. Todos ellos tienen carácter y personalidad. Seguramente tienen aspectos comunes que se repiten hasta el cansancio. Un puerto no es tal si no tiene profusión de grúas, contenedores apilados, barcos de todo tipo amarrados a sus muelles, grandes galpones o almacenes e infinita variedad de bultos y maquinarias y vehículos recién desembarcados o próximos a embarcar. Y gente: los puertos nunca paran y hay mucha gente trabajando a toda hora. No hay puerto que se precie que no tenga muelles, y no hay muelles que no tengan bitas de metal donde sujetar los gruesos cabos usados para amarrar los barcos. Tampoco hay puertos por donde no naveguen remolcadores, lanchas de prácticos y pilotos y floten pájaros dormilones sobre el agua.

Terminales de cruceros

Muchos puertos tienen hoy grandiosos edificios que albergan las terminales de cruceros. En algunos, como Savona, Genova, Barcelona o Sydney la terminal es lo primero que se pisa. En otros, como Ushuaia, Tenerife, Puerto Argentino (Stanley), Madryn, Curaçao o Montevideo, no hay una terminal: se camina por el muelle y luego por un sector del puerto al descampado hasta llegar, casi sin darse cuenta, al centro de la ciudad. En otros casos, el tamaño del barco, su calado o lo precario del puerto hacen necesario anclar lejos de la costa y desembarcar en veloces “tenders” que a veces se zarandean mucho por el oleaje. Tal, por ejemplo, el caso de Puerto Argentino (Stanley) o en ocasiones la coqueta Punta del Este.

En algunos casos, los puertos se encuentran lejos de la ciudad, y pueden distar muchos kilómetros de ella. Tal el caso de Civitavecchia (Roma), Valparaíso (Santiago de Chile), Pireo (Atenas) o Callao (Lima) todos alejados de la ciudad-destino.

La magia de los puertos

Hay momentos en todo crucero en que la magia del puerto embruja a los cruceristas. Salvo en el caso de clima adverso, no hay crucerista que quiera perderse la llegada a puerto o el momento de la zarpada en que lanzan al agua el último cabo (¿o cordón umbilical?) que sujetaba el gran barco a la tierra firme. En el momento en que se corta ese último vínculo y que el barco “se hace a la mar” se da realmente un nacimiento (o renacimiento) que hay que vivir al menos una vez para captar en su plenitud. La zarpada es un punto de inflexión en que los huéspedes del crucero se aprestan a vivir un nuevo capítulo de sus vidas. Un estridente toque de la poderosa sirena les avisa, para que tengan plena conciencia de lo que están viviendo.

Ciertos puertos -de por si- nos llamarían la atención, como los de Rio de Janeiro, Venecia, Bergen, Génova, Casablanca o New York. En Río es el entorno maravilloso que confiere un sabor único: basta mencionar la fantástica Bahía de Guanabara, el Pan de Azúcar, el Corcovado, el Cristo Redentor y la interminable línea de playas para comprenderlo. En New York los rascacielos de Manhattan evidencian el peso del poderío económico. En Venecia el barco se adentra majestuoso en la ciudad misma, verdadera joya de belleza y unicidad. Bergen con sus viejos almacenes y casas de comerciantes en madera que se remontan al tiempo de la Liga Hanseática nos permite dar un paso atrás en la historia. Génova, trepada a las estribaciones de los Alpes y su centenaria “Lanterna”, su faro histórico, reciben al viajero recordándole que allí nació un tal Cristoforo Colombo quien en 1492 descubriera América, aunque algunos chismosos aseguren que antes que él habían llegado los Vikingos al mando de un tal Leif. Casablanca, con un mar de cúpulas y minaretes de cientos de mezquitas es una visión imborrable, así como la entrada al puerto de Estambul, que combina la grandeza bizantina con la opulencia otomana, es apabullante.

Puertos más sencillos que los de dos islas griegas en el Dodecaneso (Doce islas) en el Mar Egeo no debe haber. Se baja del crucero al “tender”, se navegan unas pocas millas, se desembarca y ya se está en el corazón mismo de la ciudad cabecera de la isla, con su habitual bullicio y color: llegar a Ikaría o a la vecina Patmos es único, por más que el puerto no sea mucho más que un muelle para los frecuentes ferry-boats y una vereda inundada de sol y de aroma de café y especias. Es tal la fascinación del puerto que cada vez que paramos allí nos sentamos en uno de las decenas de barcitos de la ribera, con valijas y todo, a saborear un “kaffedaki ellinikó” (cafecito griego) con unos imprescindibles pastelitos de pasta de almendras.

Hay puertos y puertos

Del mismo modo que hay puertos que, como éstos, “lo dicen todo”, hay otros que realmente “no dicen nada”. Así por ejemplo el de Dakar en Senegal, el de Salvador en Bahía, el de Recife en Pernambuco, el minúsculo desembarcadero (porque más que eso no es) de la Isla del Diablo en la Guyana Francesa o el de Puerto Montt en Chile, bastante anodino por cierto. Ni que hablar de puertos como el de Maceió en el NE de Brasil, donde puerto y ciudad no merecen siquiera la escala, salvo que uno quiera dejarlos enseguida atrás para disfrutar de sus hermosas playas. En la vereda opuesta están aquellos puertos que no sólo el marco de la naturaleza hace únicos e irrepetibles sino que un único edificio emblemático se ha convertido en su símbolo. Es el caso del puerto australiano de Sydney, con su maravilloso y futurista Teatro de la Ópera que ni el crucerista más distraído puede dejar de admirar.

Olor a puerto

Pero todos los puertos tienen su magia y su fascinación, se encuentren en un mar como Génova, en un océano como Auckland o bien sobre un río como Hamburgo o Buenos Aires: nadie les es indiferente. No se trata sólo de “lugares seguros y protegidos”. Son también llegadas y partidas: son fuente de emociones fuertes y causa de curiosidad que pronto se transformará en añoranza por lo que se ha dejado atrás. Todos tienen sus colores y sus olores: Predomina siempre un olor a metal herrumbrado, a maderas más o menos putrefactas, a lubricante de motor, a combustible, a guano, a fertilizantes químicos, a chips de madera con su olor a resina, a mar o a río, a pescado, a café -como el de Santos- o un maravilloso aroma de variadas especias como la nuez moscada, producto estrella de la isla caribeña de Grenada.

Los puertos son símbolos poderosos: son puntos de partida y de llegada. Son principio y fin. Son hitos en el camino de la vida. Marcan un antes y un después. Son las metas que nos fijamos en la vida y son con frecuencia el disparador de nuestros sueños e ilusiones. Es una suerte que -en puerto- las grandes naves se muevan despacio, con prudencia y no lo hagan con la brusca y arremolinada velocidad de un jet. El barco, con su andar lento en puerto hasta que encuentra mar abierto, brinda el tiempo de reflexionar y disfrutar nuestras profundas emociones, tan profundas como ese mar que nos aprestamos a navegar. Los puertos nos recuerdan lo que dijo Pompeo Magno un sabio general y estadista romano: “Navigare necesse est, Vivere non est necesse” (Navegar es necesario, Vivir no lo es.)

Fuente: Noticias de Cruceros

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