La primera noche a bordo

Hay una primera vez para todo: en un crucero, aguardamos la “primera noche” con expectativa y cierta trepidación, sea nuestra primera experiencia o la enésima…

El turno de la cena, prueba de fuego, de la primera noche a bordo.

El turno de la cena, prueba de fuego, de la primera noche a bordo.

Para llegar al restaurante que nos habían asignado -segundo turno para cenar- tuvimos que cruzar el gran atrio donde rápidos ascensores subían y bajaban produciendo un marco dinámico al conjunto que, precisamente en ese momento, estaba ejecutando una versión “italianizada” del viejo bolero cuya letra dice algo así como “La última noche que pasé contigo, quisiera olvidarla pero no he podido”. La cantante, muy escotada y de larga falda negra le imprimía un sabor mediterráneo con su acento visiblemente napolitano, que le daba un no sé qué de mágico exotismo. Nos detuvimos un momento un instante, mi señora y yo, para escuchar, y luego seguimos por el ancho pasillo hacia popa donde estaba ubicado el restaurante que nos había tocado en suerte.

La primera noche, una sensación rara

Eran casi las 20:30. El barco había zarpado a las 18:30. A lo lejos, todavía se divisaban las luces de la parte más alta de los edificios de Puerto Madero. El Río de la Plata había perdido su “color de león” y tenía una tonalidad negruzca, más propia del alquitrán que del agua en esa noche sin luna. Conforme avanzábamos por el corredor, íbamos experimentando una sensación mixta de expectativa y preocupación. No tan grave como para quitarnos el apetito, pero suficiente para hacernos sentir “raros”.

Nos habían asignado una mesa para seis huéspedes, la 132. Habíamos solicitado una para dos, pero habíamos embarcado con el último contingente y ya no quedaba ninguna disponible. Ahí caímos en la cuenta de que lo que nos ponía nerviosos no era la “última noche” del bolero, sino la “primera noche” a bordo. Que fuera de noche contribuía a la sensación de “raro”. Durante el día, con pleno sol, estar en el barco es un poco como estar en una playa o en un “resort”, con la única diferencia de que el mar está “ahí abajo” y no al ras y que las sandalias no se llenan de arena. De noche, el mar se vuelve virtual y se oculta salvo en un aflorar de espuma, y por primera vez tomamos conciencia del barco que nos contiene, nos mima, nos mece y nos lleva lejos…

Llegamos a la entrada del comedor. El maître nos pidió la tarjeta con la reserva de mesa y le indicó al camarero filipino “la 132 per i signori”. Ahí realmente nos sentimos nerviosos. ¿Con quién nos sentaríamos para esa cena inaugural? ¿Serían otras dos parejas? ¿Tendrían chicos? ¿Serían amigos? ¿Serían los cuatro de una misma familia? ¿Tendrían nuestra edad? ¿Sería gente culta, divertida o tipo plomo? Pero lo que nos preocupaba más, en el fondo, era la última pregunta que se nos cruzó por la mente mientras seguíamos al filipino que, cada tanto, miraba para atrás como temiendo que nos escapáramos… ¿En qué idioma hablarían? Al embarcar habíamos visto muchos huéspedes orientales que hablaban entre sí un idioma incomprensible para nosotros. También habíamos visto un grupo de canadienses hablando francés, muchos italianos, tantos alemanes y obviamente, gran cantidad de argentinos. De tocarnos una mesa de chinos o japoneses, estaríamos perdidos. De tocarnos una de alemanes, no podríamos pasar de un mísero “Guten Abend” (o algo parecido) y un “danke”. Con los francófonos estaríamos sólo algo mejor. Podríamos decirles “Bon soir”, “Bon apetit” y “Merci” pero no llegaríamos mucho más lejos. En castellano e italiano andaríamos bien, algo de inglés mascullaríamos y nuestro portuñol (o espagués…) nos permitiría conversar entendiendo mitad de las respuestas.

Más nos acercábamos a la fatídica 132, más ansiosos nos poníamos. Finalmente llegamos y el filipino apartó la silla de mi esposa para que ella pudiera sentarse. Los otros cuatro ya estaban en la mesa, callados, sumergidos en el menú para no cruzar miradas. Lo único que resultó evidente era que no viajaban juntos y que no se conocían. Eran dos parejas, una de unos 28 ó 30 años, y la otra de 65 para arriba, él tan pelado como quien escribe, ella con un hermoso peinado recién salido de una buena peluquería. Los jóvenes, no sé por qué, podrían estar en viaje de bodas. Tampoco sé por qué, pero hubiera apostado que en segundas nupcias. Llegó el momento de pedir el antipasto, el “primo” y el “secondo”. Cuando ya los menús habían sido retirados dejándonos sin nuestros providenciales biombos, llegó el sommelier para recomendarnos el vino que haría un perfecto maridaje con lo que habíamos pedido. Cuando se retiró, ya no hubo posibilidad de seguir con el “oficio mudo” y, siendo tímido pero no hasta enmudecer, intenté con un tembloroso “Good evening…” La pareja joven sonrió pero no dijo palabra. Los otros dos respondieron con un nervioso “Buona sera”. Estábamos salvados: con dos por lo menos podríamos hablar de algo. En eso, la pareja joven intercambió un par de palabras y nos dimos cuenta de que hablaban portugués que, por lo cerrado, no era carioca sino más bien lisboeta. Los mismos brasileños tienen dificultad para entender cuando se habla en el portugués duro y cerrado de su madre patria.

La magia de Baco

Llegó el vino. El sommelier olió teatralmente (parecía un Pavarotti en La Scala…) cada corcho con cara de éxtasis y llenó las copas. Los seis desconocidos nos unimos en un forzado brindis en el que intercambiamos sendos “Buen viaje”, “Buon viaggio” y “Boa viagem”. El vino, cosa resabida, no sólo es rico sino que tiene la virtud de soltar la lengua. En unos pocos minutos se había instalado una especie de esperanto latino, una Babel comprensible, en que cada uno hablaba en su idioma y mágicamente todos nos entendíamos a la perfección. Se desató el nudo que teníamos en el estómago y la primera noche nos regaló cuatro nuevos amigos con los que todavía nos intercambiamos mails y tarjetas de Navidad. Tras una grata sobremesa, la seguimos yendo a tomar un café en la “chocolatería” de abordo, junto con una copita de amarillo Liquore Strega. Llegó el momento de las “confesiones”: las otras dos parejas admitieron haber ido a la mesa con la misma trepidación que nosotros y dijeron que había sido una gran suerte que “nos hubiéramos tocado”. La banda se había trasladado a la chocolatería y, quizá por falta de repertorio, empezó otra vez con el bolero de la “última noche”.

Veintidós noches después, la última noche antes de desembarcar en Italia, no se habló mucho en la mesa: estábamos todos tristes de tener que despedirnos para ir cada cual por su lado. Nos sentimos muy ridículos, recordando lo nerviosos que habíamos estado la “primera noche”. De habernos sentado en una mesa recoleta, para dos, nos hubiéramos perdido una de las cosas mejores que tiene un crucero: conocer gente nueva y “salir de nuestro cascarón”.

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Fuente: Noticias de Cruceros

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