Hogar dulce hogar (en el mar)

La cabina de un barco durante una travesía es, fundamentalmente, la mitad de la sensación del viaje, por lo tanto debe cubrir expectativas básicas, que si son bien resueltas puede convertirla en un «Hogar Dulce Hogar» en el mar.

Veranda Suite del Seabourn Odyssey, sin duda un "Hogar dulce hogar"

Veranda Suite del Seabourn Odyssey, sin duda un «Hogar dulce hogar»

“Para que un hogar sea confortable es necesario que la estancia en él proporcione una sensación de bienestar y comodidad”
Estas sabias palabras no son de la autoría de quien escribe, sino del Diccionario del Español Actual de Seco, Andrés y Ramos, todos ellos más castizos que el propio Don Quijote. Parecería que ser que estos distinguidos lingüistas y catedráticos son amantes de los cruceros o que -por lo menos- alguna vez en sus vidas se han embarcado en uno.

Efectivamente, la cita se adapta a la perfección a algo que todo crucerista que se respete ha hecho y volverá a hacer una y otra y otra y otra vez…

Unos días atrás escribimos sobre los diferentes tipos de cabinas y suites, y hemos reflexionado sobre sus ventajas y desventajas. Pero ahora es el momento de embarcarse, tras una larga, tediosa y cansadora espera en la terminal de cruceros, la fila en el detector de metales, los trámites de migraciones, el traslado en colectivo hasta la escalerilla del barco, la espera en pleno sol (o plena lluvia) hasta que los que llegaron antes embarquen, luego otros trámites a bordo y la entrega de pasaportes a cambio de la tarjeta-llave de la cabina…

La cabina 7284

Cuando finalmente llegamos a la 7284, estábamos acalorados, sudados, cansados y tensos por tanto trajín. ¿Qué es lo primero que hicimos? Deshacernos como primera medida del bolso con la cámara, los documentos, los pasajes, los lentes, las llaves de casa, el celular, y luego de la mochila con la computadora y ¿por qué no?, la tablet, un par de libros, las palabras cruzadas, el frasquito de perfume, los elementos de cuidado personal y los medicamentos que solemos tomar todas las mañanas. El de la presión, el del colesterol, las aspirinas, las gotas para la nariz, el colirio, el antihistamínico y, desde ya, el que tomamos cuando arrecia la acidez – y seguro que de alguno nos estamos olvidando.

Como la cabina tiene balcón, peleamos un rato con el cerrojo de la puerta-ventana que, obviamente, tratamos de accionar en dirección equivocada. Nos asomamos para disfrutar de la vista de multicolores containers, de las grúas y de los pisos altos de los edificios del centro y Puerto Madero.

Afuera hace tanto calor que volvemos inmediatamente adentro, donde revivimos gracias al aire acondicionado. Miramos alrededor, tomando contacto con lo más aparente: la pantalla plana de TV, la mesita ratona, el sofá, el silloncito, el moblaje claro, el frigo-bar, la alfombra floreada y la enorme cama “King-size”. Seguidamente, inspeccionamos el baño y nos preguntamos si cabremos en el cubículo vidriado de la ducha. De ahí nos metemos en el vestidor, y ubicamos con la mirada los dos chalecos salvavidas que, en un rato, tendremos que colocarnos para participar en el “drill” obligatorio. De reojo, vemos con satisfacción que hay dos salidas de baño, caja de seguridad y chinelas descartables.

Sólo nos falta lo más importante: probar la cama, ¡fundamental en un viaje transatlántico de 22 noches! Nos quitamos los zapatos con gran alivio de nuestros pies doloridos y nos tiramos en un colchón maravilloso y hundimos la nuca en dos enormes y mullidísimas almohadas antialérgicas.

Mirada hacia el cielorraso de nuestro «hogar»

Sin decir una palabra fijamos la mirada en el cielorraso donde divisamos la boca circular del acondicionador, el detector de humo y los dos “sprinklers” para apagar desde lo alto cualquier amago de incendio. Eso nos recuerda dos letreros recurrentes en todo barco que se precie: “No Smoking” y “Muster Station” (Prohibido Fumar y Punto de Reunión).

¡Ojo! Tampoco se puede fumar en el balcón de la cabina: hay muy pocos lugares del barco donde se permite fumar, porque el mayor riesgo a bordo es precisamente el de provocar un incendio con las colillas. ¡Perdón! Nos fuimos por las ramas con el tema del humo, y eso que no somos fumadores…

Entonces ahí estamos, tirados sobre la cama mirando hacia el cielorraso metálico, lleno de pequeñas perforaciones para insonorizar la cabina; casi dormidos en un relax total y placentero tras la agitación del embarque.

Nos invadió la sensación increíblemente grata de sentirnos en casa! La 7284, con alfombra, cubrecama y cortinas perfectamente engamados, luminosa y amplia, sería nuestro hogar por 22 días. Todo cumplía con el requisito encontrado en la definición del diccionario: “confortable”. Al rato llegaría nuestro equipaje, colocaríamos todo en los estantes y cajones del vestidor, el cepillo de dientes en el vaso del baño con el logotipo de la naviera y ése sería nuestro dulce hogar a flote…

El “drill” políglota

Estábamos en ese estado de placidez extrema, a punto de quedarnos profundamente dormidos, cuando nos sobresaltó un anuncio por los altavoces. Había que vestir los chalecos salvavidas anaranjados y concurrir a nuestro “Muster Station” en la cubierta 4, para identificarse con el oficial o tripulante a cargo, formarse de pie, y escuchar las instrucciones sobre cómo actuar en caso de una alarma y eventual abandono de la nave: a bordo vale el lema “seguridad ante todo”.

Por más que uno haya tomado decenas de cruceros, el “drill” es obligatorio e ineludible cuando el barco aún está en puerto, poco antes de zarpar. En esa oportunidad fuimos capacitados (de eso se trata el “drill” por los altavoces, primero en castellano, luego en italiano, seguidos de portugués, francés, alemán y finalmente, inglés. Además de escuchar las instrucciones en seis idiomas, todos los huéspedes gozamos de un beneficio colateral: tras el “drill”, volver al que ya habíamos consagrado como nuestro «hogar flotante”.

Estrenamos la ducha y con placer constatamos que cabíamos perfectamente. Ya vestidos con ropa cómoda, refrescados y perfumados, fuimos a la cubierta más alta, justo a tiempo para estremecernos con el bramido de la sirena. Lentamente, el muelle empezó a alejarse y quedar atrás… ¡Nuestro nuevo hogar había puesto proa hacia la lejana Europa!

Fuentes: Seabourn Cruise Line / Noticias de Cruceros

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